Ouro Preto, la ciudad sin tiempo

29 febrero, 2016
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Ubicada en Minas Gerais y lejos de la playa, esta ciudad montañosa y mística funciona como un museo a cielo abierto, construido sobre minas de oro de épocas coloniales. Una invitación a conocer, desde arriba y caminando, la otra cara de Brasil.

Viajeros con inquietudes culturales, amantes de la historia y dispuestos a desandarla caminando, bienvenidos a la otra cara de Brasil, una sin playa, más fresca, menos ruidosa y entre montañas. Una en cuya tierra, rica por demás en materias primas, se encuentran las bases de un país. Visitar Ouro Preto y las ciudades que la rodean, en el estado de Minas Gerais, es un viaje a pie –y siempre en pendiente– hacia la época colonial brasilera.

La “Historia con mayúscula” está escrita en cada adoquín de sus callecitas sinuosas y en las paredes ásperas color pastel de las casas. También se lee en los rostros de su gente –de descendencia indígena, portuguesa y africana– y en su arquitectura barroca, recuerdo de la fiebre del oro que hace de Ouro Preto un museo al aire libre. Por eso, para empezar a hablar de este destino que en 1980 fue declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la Unesco y que desde entonces explotó y vive casi enteramente del turismo, hay que hacer un breve repaso por el pasado, que se construye entre hechos históricos, mística y leyendas.

No se sabe bien quién descubrió la primera piedra de oro. Hacia fines de 1600, mientras los españoles disfrutaban del oro de mayas y aztecas en Bolivia y México, la búsqueda afiebrada de Portugal por encontrar su El Dorado en Brasil llegó a su fin. No se sabe bien quién fue, pero en aquel momento existían hombres que partían desde San Pablo persiguiendo la riqueza en aquel territorio virgen y salvaje. Eran conocidos como bandeirantes, llamados así por llevar banderas en sus expediciones por el mato. Fue uno de ellos quien, internado en la exuberante vegetación, dio con el metal más preciado casi por casualidad. Recubierto de óxido de hierro, el oro se veía negro, de ahí el nombre de este mágico lugar, que primero fue llamado “Vila Rica” y que durante un siglo fue un centro económico de la famosa Edad de Oro.

Un viaje en el tiempo

La Estrada Real es la ruta entre los estados de Minas Gerais, Río de Janeiro y San Pablo, por donde era transportado el oro en tiempos de la colonia. Por allí, mientras la gente se moría de hambre, pasó un nivel de riqueza inimaginable. Pero, se sabe, todo recurso natural, tarde o temprano, se acaba. Así, cuando las minas de Ouro Preto empezaron a dejar de funcionar porque ya casi todo había sido explotado, la capital del estado se transfirió a Belo Horizonte –ubicada a poco menos de 100 kilómetros–, y sus habitantes se fueron o se quedaron para dedicarse al turismo.

Gracias a que casi la mitad de la población emigró cuando la actividad minera llegó a su fin, Ouro Preto tiene el casco colonial mejor conservado del continente, sin construcciones ni casas modernas. Por sus calles que suben y bajan según la ondulación de la montaña, en donde abundan las posadas de colores, hace tres siglos los esclavos transportaban a las damas de la aristocracia en sillas tapizadas de seda.

Su punto central es la plaza Tiradentes, que lleva su nombre por un mártir de la revuelta por la independencia de la corona portuguesa, conocida como “la Inconfidencia”. Su historia está bien contada en el Museo de la Inconfidencia Minera, y los guías turísticos, en su mayoría descendientes de esclavos y rebeldes, se sirven de una leyenda que cuenta que Tiradentes (tira dientes), llamado así porque era dentista, fue asesinado por los portugueses en una gran revuelta. Luego, su cuerpo descuartizado fue exhibido a lo largo de la Estrada Real para callar con sangre el germen de la revolución.

La plaza tiene en su centro una estatua de aquel héroe mítico, y a su alrededor se encuentran el bellísimo edificio del Ayuntamiento, el Palacio Imperial y la imponente Iglesia do Carmo. Bajando la ladera desde la plaza, hay una feria artesanal, clásica y pintoresca, donde se consiguen platos en cerámica y pequeñas esculturas con motivos religiosos y folklóricos.

Mirar hacia arriba

Los veranos son calientes y húmedos, ideales para caminar despacio, visitar los miradores y bañarse en las caídas de agua. Durante el invierno, todo lo cubre la neblina, que le da un aspecto misterioso a esta tierra cargada de leyendas y fantasmas.

Ouro Preto tiene once iglesias, doce capillas y siete estampas del Vía Crucis. Entre sus morros, como todo pueblo de valle, se sienten una energía ancestral y una religiosidad intensa que tienen su auge en Semana Santa, con sus procesiones luminosas y calles cubiertas de flores.

Durante la época colonial existía una rígida división de clases que impactaba en todos los aspectos de la cotidianeidad. Por ejemplo, había una iglesia para blancos y ricos (Nossa Senhora do Carmo), otra para aquellos negros que habían comprado su libertad (la de Santa Efigenia), y lo mismo ocurría con los militares, los pobres, los negros esclavos. Cada cual, a su misa.

La más antigua es Nossa Senhora do Pilar, famosa por su altar suntuoso construido con 434 kilos de oro y en cuyo subsuelo funciona un interesante museo de arte. En su interior, una baranda de jacarandá marca el límite que existía con las familias acomodadas, mientras que el resto de los habitantes ni siquiera podía traspasar la doble puerta del acceso principal de estos templos. Otra visita obligada es la de Sao Francisco de Assis, considerada la mejor obra de Aleijadinho (del portugués “lisiadito”), un artista barroco convertido en mito que, por una enfermedad degenerativa de las manos y los pies, esculpía con las herramientas atadas a sus muñecas. Las creaciones de piedra y madera de este famoso arquitecto están por todo Ouro Preto y también en una ciudad vecina, Mariana, que era la segunda en importancia en la era dorada.

Por la ruta de los esclavos

Es un camino duro, de tierra, piedras y abundante flora y fauna, que invita a ser recorrido solo por valientes y aventureros. La Estrada Real, “el camino del oro”, posee una extensión de 1594 kilómetros y 178 municipios, y tiene 17 parques estatales y nacionales que permiten un turismo respetuoso. Culmina en Ouro Preto y hay tres maneras de recorrerlo que tienen que ver con distintas épocas de la colonia. Saliendo desde Paraty, se toma el Camino Viejo; desde Río de Janeiro, el Camino Nuevo; desde Diamantina, es el Camino de los Diamantes. La ruta está repleta de bellezas naturales e históricas, y sus puntos centrales son los municipios de São João del Rei, Tiradentes y Mariana.

Mariana, única

Mucho más pequeño pero con el mismo encanto que Ouro Preto –que queda a 15 kilómetros–, este pueblo le rinde homenaje en su nombre a la reina María Ana de Austria, esposa de Juan V, rey de Portugal entre 1706 y 1750. Se llega en un tren con locomotora a vapor y vagones de madera, atravesando varios túneles y la maleza del morro, por donde se asoman las furiosas cascadas. Este tramo del ferrocarril fue reflotado en 2006 para los viajantes, pero no funciona con fines comerciales desde 1996, cuando fue privatizada la red.

Mariana ya es Patrimonio Histórico Nacional y las autoridades están preparándola para solicitar su candidatura a la Unesco. Fue la primera ciudad de Brasil que tuvo una urbanización planificada y solo aquí ocurre el extraño caso de tener dos iglesias en un mismo predio (la plaza de Minas Gerais). En la calle Dom Silvério encontramos numerosas muestras de arte sacro.

São João del Rei y Tiradentes

A dos horas y media de ómnibus de Ouro Preto, São João del Rei es la ciudad histórica más grande de este grupo. Tiene una belleza muy particular y una alegre cercanía de todo, ya que su centro es pequeño y se puede recorrer de punta a punta en una hora. Hay 35 iglesias monumentales que exhiben con profusión todo el estilo barroco de la región. Es interesante el sistema de las campanadas, que les avisan a los ciudadanos en cuáles de ellas se llevarán a cabo las misas. El momento de esplendor de São João es la Semana Santa: tiene las procesiones más coloridas y devotas de la zona.

Como sucede entre Ouro Preto y Mariana, São João está conectada por un tren a vapor con la ciudad de Tiradentes. Con un aire similar al de rincones del litoral carioca como Paraty o Buzios, sus angostas callecitas adoquinadas están bordeadas de caserones color pastel de paredes de adobe y techos de tejas, restaurantes, posadas y, por supuesto, iglesias. Además, cuenta con un movimiento cultural actual muy interesante: es sede de un festival de cine, la Mostra de Cine de Tiradentes, y un festival gastronómico, el Festival Cultura e Gastronomía Tiradentes, algo que no podía faltar en la tierra de la mejor comida brasileña.

 

La historia bajo tierra

A 4 kilómetros, de camino de vuelta a Ouro Preto, uno de los puntos imperdibles es la Mina de Ouro da Passagem, que es la mayor mina de oro abierta al público del mundo. Tiene 120 metros de profundidad que se descienden en un carrito minero y en penumbras, para llegar a las galerías subterráneas, apenas iluminadas. Ahí es donde nos encontramos con una maravilla escondida adentro de la tierra: un lago natural de color turquesa, que además de ser un espectáculo para los ojos brinda la posibilidad a los más audaces de practicar buceo subterráneo.

Esta mina tiene una historia de codicia, sufrimiento y explotación. Las largas jornadas de trabajo en condiciones imposibles, sumadas a la humedad ambiente, provocaban frecuentes brotes de hepatitis entre los esclavos. El color de las paredes varía de acuerdo al contenido de óxido de hierro, desde un rojizo claro hasta un rojo intenso.

A la salida, hay un restaurante que ofrece típicos platos mineros y está el Museo de la Mina, con herramientas, vestuario y otras piezas que intentan acercarnos a cómo era la vida de los esclavos.

Ladera abajo, frente a la Iglesia de San Francisco, hay una feria artesanal donde predominan platos en cerámica y pequeñas esculturas con motivos religiosos y folklóricos. Se puede ver a los artesanos cincelando con infinita paciencia, inspirados seguramente en el espíritu del Aleijadinho.

El sabor de Minas Gerais

En estas tierras, muchos dicen que la abundante cocina minera surgió del hambre. En el período de la minería, murieron de hambre con las manos llenas de oro. La zona no estaba destinada a plantaciones, así que la alimentación era cara e inaccesible. Pero con creatividad, se fueron superando los límites en la alimentación. La base de los platos más tradicionales de los mineros se encontraba en el patio de la casa: pollo, huevos, cerdo, porotos, choclo y verduras. Con aroma de café y pan de queso, la cocina minera tiene gusto a hogar. De evidentes influencias africanas, portuguesas e indígenas, es una de las más ricas y completas del país. El queso de Minas es famoso en Brasil y forma parte fundamental de los desayunos, que van acompañados por algún dulce de guayaba.

Algunos típicos son: el tutú mineiro, un puré de frijoles negros; harina de mandioca yangu (harina de maíz cocida en manteca); el lomo de cerdo con frijoles, mandioca y coliflor picada; y la galinha guisada (pollo cocido en su sangre, sazonado con vinagre y especias).

 

Datos útiles

Cómo Llegar:

Aerolíneas vuela hasta Belo Horizonte. Desde allí, son 96 kilómetros por tierra hasta Ouro Preto. Hay servicios de combis, taxis y transporte público.

Dónde dormir:

Pousada Casa Dos Contos

Céntrico, tiene un excelente restaurante.

Rua Camilo de Brito, 31

http://www.pousadacasadoscontosop.com.br/

Pousada dos Meninos

Céntrico. Se destaca su desayuno.

Rua do Aleijadinho, 89

http://pousadadosmeninos.com.br/

Dónde comer:

Casa do Ouvidor: (Casa del escuchador)

Caserón antiguo refinado y sofisticado.

Conde de Bobadela (Rua Direita), 42.

Chafariz:

Se especializa en la comida minera.

Rua São José, 167.

Documentación:

Se puede ingresar con Pasaporte, Cédula de Identidad Mercosur o DNI.

Moneda:

El Real puede cambiarse en bancos y casas de cambio y un dólar cuesta aproximadamente 3,75 reales.

Más Información:

http://www.visitbrasil.com/

 

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