“Me interesa una sociedad con menos sufrimiento”

9 mayo, 2014
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Ricardo Alfonsín tomó el legado de su padre y forjó una carrera política poniendo la vocación de poder en las ideas. Como diputado nacional, continúa su eterna lucha por lograr un país más justo.

Comenzó su carrera política desde la orilla, hasta que, en 1999, decidió meterse al agua y ocupar un cargo público. Diez años después de ese comienzo como dirigente, murió su padre y, meses más tarde, logró una banca en el Congreso como diputado nacional. Ricardo Alfonsín no vive conscientemente como algo significativo el hecho de ser el hijo de un emblema de los argentinos, pero a nivel profesional sintió el peso de esta herencia a la hora de hacerse un camino propio en la UCR. Nació y se crió en Chascomús, donde fue militante y maestro de Instrucción Cívica durante la Dictadura. La noche de 30 de octubre de 1983, cuando Raúl Alfonsín le devolvía la democracia a la Argentina, prefirió mantenerse entre las sombras, y se volvió a su casa antes del histórico discurso, que vio por televisión. Por aquel entonces, conoció a la que sería la mujer de su vida, Cecilia Plorutti, con quien tuvo cuatro hijos. La tragedia golpeó su la familia hace una década cuando Amparo, la menor, falleció en un accidente. Hoy, a sus 62 años y de cara al 2015, Alfonsín forma parte del reciente Frente Amplio UNEN, pero descarta de manera absoluta una posible candidatura. Reconoce que estar al frente de un país es algo que le gustaría, pero él cree más en el poder de las ideas que en personalismos. Se reconoce como tímido y poco conversador y sostiene que, desde el lugar que sea, el secreto de su felicidad está en una sociedad más justa y con menos sufrimiento. De hecho, este fanático de la lectura al aire libre y apasionado de los misterios del universo confiesa: “Me gusta ser uno más en la multitud”.

¿Cómo fue crecer con un padre político?

Mi padre fue político desde que tengo uso de razón. No estuvo mucho en casa, pero nunca sentí que faltara, porque mi madre nos explicaba por qué era que no estaba. Incluso cuando estuvo preso, yo tenía 4 o 5 años. Crecí en ese ambiente, entonces, para mí fue como crecer con cualquier otro padre; es decir, el pollo, en su condición de pollo, se siente muy natural. Alfonsín tenía la fama de ser un gallego chinchudo, pero en realidad tenía muy buen humor. Lo fastidiaban algunas cosas, sí, como a mí. No era muy conversador y mi mamá se quejaba porque decía que hablaba afuera y no en casa. A mí me pasa lo mismo, yo no soy nada conversador. Aunque nunca nos incitó a participar, siempre nos habló de la política como una de las actividades más nobles y de la importancia de politizar en el mejor sentido de la palabra, de la importancia de que la sociedad esté integrada por ciudadanos que además de pensar en los intereses de sí mismos, lo hagan en los generales o comunes. Todo esto formó parte del psicoambiente familiar.

¿Y usted cómo es en la intimidad?

Leo mucho, aunque menos de lo que me gustaría. Salgo a comer con mi mujer, pero ahora estoy a dieta, ya logré bajar 9 kilos, hacer dieta es un martirio. Antes fumaba y ahora dejé. Fumar es un desastre, pero lo sigo extrañando y sufriendo. También me gusta mirar documentales de “grandes misterios del universo”, todo lo que tiene que ver con la física, con el origen del mundo. Después, durante las vacaciones, no veraneo. En la playa tengo calor, pero cuando me acerco al mar, el agua está fría y, además, no me gusta tomar sol. Osea, no soy fashion ni cool. Sí voy a Montevideo los fines de semana y me gusta dormir, ir al cine o a comer, porque allá no me conocen. Me gusta leer afuera, entonces voy a un bar y me quedo leyendo durante horas.

¿Qué se siente ser el legado de una figura política tan importante para los argentinos?

Yo no soy consciente de que pueda ocurrir algo semejante con los hijos de Raúl Alfonsín, ni siquiera aunque se dediquen a la política. Ni soy consciente de mi parecido físico ni de que, según dicen, tengamos una forma similar de hablar o gesticular. No lo vivo, por lo menos conscientemente, como una cosa especialmente significativa, ya sea con un sentido positivo o negativo. Soy hijo de un presidente que, para mí, hizo algo importante por la Argentina y pensaría lo mismo aunque la sociedad no pensara eso. Estoy seguro de que hicimos en aquel momento algo importante para el país; terminar con la dictadura. En aquel momento yo tenía 30 años y no había hecho política, había participado siempre desde la orilla. De joven, en mi pueblo, Chascomús, hacía programas políticos en radio y televisión. Eran radios pequeñas, sin habilitaciones, a las que se llamaban “radios truchas”. A los 17 o 18 años empecé a militar para cada elección. Me subía a los árboles para pegar carteles, ponía pasacalles, escribía documentos para que otros los presentaran en alguna convención. Estuve en la orilla hasta que en 1999 decidí meterme más en el agua y bueno, terminaron ocurriendo cosas que no imaginaba en ese momento.

¿Por qué comenzó su carrera recién en aquel momento?

Por varias cosas. En primer lugar, influyó el hecho de que el nuestro es un partido muy republicano (aunque tengamos mucho para aprender en esos términos) en el que no está bien considerado el que alguien, para hacer carrera, pueda aprovechar una ventaja extra por ser el hijo de alguien importante en la política. A mí, para empezar, es algo que no me gusta, pero a eso se sumó el temor de que los demás pudieran pensar eso. En segundo lugar, a finales de la década del 90 habíamos sufrido una derrota cultural, por decirlo de alguna manera un poco pretenciosa. Se despolitizó a la sociedad, e incluso diría, si existiera la palabra, que se “antipolitizó”. El hecho era que había que privatizar todas las cuestiones que tuvieran que ver con la sociedad. Era una democracia más de individuos que de ciudadanos y eso me pareció peligroso; para la democracia, para los sectores vulnerables, que son los que más necesitan de los políticos y para la política, vista como actividad que debe involucrarse y comprometerse en la sociedad. Entonces me pregunté si ese sentimiento de que ser el hijo de Raúl Alfonsín no me dejaba avanzar era real o era una excusa para evadir algunas responsabilidades. Y sentí que debía asumir, que tenía vocación por la política. Además, después del 89, mi padre había empezado a dejar de ser lo que era, no sólo hacia afuera de la sociedad, sino también hacia adentro. Entonces eso de que pudiera estar aprovechándome de ser “el hijo de” ya ni siquiera tenía sentido.

¿Le gustaría ser presidente o gobernador?

Cualquiera que te diga que puede serlo y no quiere, no se si es mentira, pero no lo ha pensado bien. Sí, claro, me gustaría, pero no voy a ser un candidato en la próxima elección; eso está total y absolutamente descartado. Yo pongo la vocación de poder en las ideas, y si a alguno me garantiza que esas ideas se implementarán desde el poder igual que lo haría yo, no tengo problema. Me interesa que la sociedad sea más justa, con menos sufrimiento y en la que se reconozcan causas sociales. Eso me haría más feliz.

¿Siente que los ciudadanos comunes estamos haciendo cosas para mejorar el lugar donde vivimos?

Creo que se hacen cosas y hay otras que se podrían hacer y no se hacen que son bastante fáciles, no demandan una sobreexigencia. Por ejemplo, ser muy severos con los corruptos, con los que no respetan a las instituciones y son poco serios. Lo menos que podemos pedir a los gobernantes es seriedad. Esto es algo que ni siquiera preocupa demasiado, pareciera que se premia la conducta un poco desprejuiciada.

¿Cree que las empresas colaboran con honestidad en cuanto a la responsabilidad social?

No lo sé, me parece muy bien que colaboren. A veces hay una intención promocional, eso no me parece mal, es, en definitiva, valernos de ciertos rasgos de la condición humana para hacer cosas buenas. Otras lavarán dinero, no lo conozco a eso. Las empresas tienen una responsabilidad social que no solo tiene que ver con el hacer, sino con el no hacer: no evadir, no contaminar, etcétera.

¿A qué aspiran desde su partido político?

Desde el plano republicano, a una normativa que garantice el funcionamiento institucional, que tiene consecuencias económicas y hace a la seriedad del gobierno. La seriedad no es un valor poco importante a la hora de atraer inversiones. A mejorar la relación entre distintos actores políticos, sociales y económicos. Yo apuesto a la cooperación y al diálogo, quizás sea porque nosotros somos una generación que sufrió mucho las confrontaciones entre las fuerzas políticas. En el plano económico, recuperar el crecimiento. Soy muy optimista respecto de esto porque el mundo va a seguir siendo muy favorable para la Argentina; por lo que representa frente a este mundo ser un país con tierras tan fértiles y por lo que nos ayuda la revolución tecnológica verde, por las dificultades que tienen los países centrales y las posibilidades de que los emergentes se transformen en una alternativa interesante para la inversión. Ahora, ese crecimiento no debe ser solo económico, sino que debe convertirse en desarrollo. El crecimiento es un concepto cuantitativo, crece la riqueza. El desarrollo apunta también a la forma en que esa riqueza se distribuye y al bienestar que genera en el conjunto de la sociedad. En el plano social, priorizar la educación y la seguridad a través de una fuerte reforma de la policía, la justicia y el sistema carcelario porque, lamentablemente, estas tres instituciones no se han discutido y no funcionan como deberían. Mejorar el sistema de salud, que debe ser producto de una discusión entre todos los actores sociales. El consenso no solo es necesario, también garantiza eficacia. Modificar el sistema tributario para hacerlo más justo y más funcional al crecimiento, al desarrollo y a la inversión.

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