Hombre de mundo

2 mayo, 2014
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Para el reconocido empresario argentino Guido Parisier, famoso por exitosos emprendimientos hoteleros y gastronómicos desde hace décadas, la mayor responsabilidad social del empresario está en darles a sus empleados el mejor trato en lo humano y en lo económico.

Con una gracia natural en su hablar que parece más propia de su fama de hombre de mundo y amante de los viajes y las aventuras desde que era muy joven, Guido Parisier suele remarcar algunas de sus ideas asegurando que hace muchas décadas que está sobre esta tierra. Y si bien su aspecto físico, de cuidada elegancia, no representa del todo su edad, se lo ve muy gustoso de mostrar que ha vivido mucho. Parece ser en ese juego de la experiencia rica en vivencias de todo tipo donde el empresario, famoso por haber renovado el turismo de Mar del Plata desde finales de los 50 al comprar el Hotel Hermitage y por su creación del prestigioso restaurante Hipopotamus en los 80, funda la mayoría de sus opiniones. Desde esa seguridad de haber sido desde Vicepresidente de la Cámara Argentina de Maderas Aglomeradas hasta responsable del Instituto de Cine en los 90, o de haber construido emprendimientos de todo tipo, incluyendo los edificios Parquemar de Punta del Este, es que habla de lo que siente con respecto al rol social del empresario. En ese sentido, sus palabras irán una y otra vez sobre lo mismo: la idea de que el mejor rol social empresarial posible estará fundamentalmente en el trato que tenga con sus propios empleados, a los que dice que hay que darles la felicidad que les proporciona un buen trato en lo humano y en lo económico.

¿Cómo ve su historia como empresario en relación a la responsabilidad social empresaria?

En los días que estamos viviendo, veo con mucha preocupación este tema. Pienso que los empresarios tenemos una gran responsabilidad, porque nuestro país tendría que haber crecido y ordenado sus estructuras con mayor prolijidad que como lo hemos hecho. En una época de mi vida me he dedicado a la política y hacía observaciones que, después de 30 años, son válidas y parecerían actuales. (Lee parte del libro Uno más uno, que escribió en 1989 junto a Eduardo Gudiño Kieffer, focalizando en temáticas económicas ligadas a la inflación). Eso es triste, porque los problemas angustiantes siguen iguales.

¿Qué importancia tiene para el empresario contar con una mirada de sensibilidad social?

La sensibilidad puede ser también egoísta. Porque yo he creado una familia, tengo tres hijos que quiero que caminen por la calle con seguridad, en una sociedad equilibrada, pareja. Y la nuestra puede serlo. Yo les he dado buena educación a mis hijos, que fueron estudiosos, los tres son profesionales, los varones son ingenieros y mi hija es arquitecta. Y quiero que esas posibilidades que ellos tuvieron las tengan todas las personas. En cuanto a la sensibilidad social corporativa, los grandes empresarios, pongamos el caso de Bill Gates, hacen cosas como limitar la herencia de sus hijos y dedicarle su fortuna a la solidaridad. El hombre inteligente está preocupado en convivir en paz, con tranquilidad.

¿Cómo vive el trabajo social de su esposa al frente de la filial argentina de Make a Wish?

Mi mujer le ha dedicado mucho tiempo a un trabajo solidario, en el que mis hijos y yo la acompañamos. Empezó en la década del 90, convocada por la señora Mirtha Legrand, en la fundación del Hospital Fernández, donde estuvo varios años. Al principio de la década del 2000, trajo a la Argentina la acción de Make a Wish, creada en los Estados Unidos en los 90, la que nació cuando un chico enfermo de leucemia le transmitió a su madre un deseo: quería ser policía, como los de la serie Chips. Y gracias a cómo se movió su madre, él llegó a ser policía en un día de su vida, antes de morir. Fue esa señora la que creó la fundación a la que mi mujer dedica su vida, que se ocupa de llegar a todos los hospitales y localizar a chicos con enfermedades que les comprometen la vida. A esos chicos los visitan voluntarias y les preguntan sobre su deseo. Y lo que piden los chicos se cumple, en cualquier dimensión y a cualquier costo.

¿Qué deseos lo impactaron fuertemente?

El que más me impactó fue un chico que pidió un par de zapatos nuevos. También, en otro nivel, un chico que quiso visitar la fábrica Ferrari en Monza, viajes a Orlando, conocer el mar o la nieve, tener la fiesta de quince, conocer algún famoso. Hasta este momento, la fundación cumplió en la Argentina 4784 sueños. Y hay algo muy satisfactorio: un trabajo que se hizo acá, organizado por Make a Wish internacional en varios países, dio que en nuestro país se produjo la remisión de una enfermedad en el 72% de los casos. Y es que el chico vive un shock tan grande al tener lo que quería, que entonces si eso le pasa, por qué no se va a poder curar. Por supuesto que la fundación no dice que cura, solo sostiene que les puede agregar vida a esos días que viva el paciente. Y realmente el momento en que se le cumple el deseo a un chico gravemente enfermo es milagroso, hay instantes en que transmite una iluminación increíble. Hay que vivirlo. 

¿Qué le ha dado a su vida y a su familia esta tarea?

En el orden familiar es muy tensionante, hay corridas, casos extremos, como el de un chico que pidió escuchar al grupo Los Nocheros. Mi mujer se movió rápidamente y el grupo estuvo al otro día, dos horas con él, antes de su muerte. (Parisier detiene su relato, por unos segundos; cuando retoma el habla, se lo nota visiblemente emocionado). Las historias me conmueven.

¿Cuál siente que han sido sus mayores aciertos como empresario?

Mis aciertos han estado rodeados de episodios de suerte. Soy un hombre que reconoce que tuvo mucha suerte, siempre. Y con ese convencimiento sería un error decir que es causa de mis méritos. Estudié en escuela pública, me recibí en la Universidad de Buenos Aires, en la Facultad de Ciencias Económicas. Y en mi trabajo me fue siempre muy bien, fui muy dedicado y tuve episodios muy fortuitos.

El empresario cuenta entonces que compró el Hotel Hermitage, de Mar del Plata, a fines de los 50, por obra de la casualidad, ya que una actriz con la que tenía una relación por entonces ganó un premio en el festival de cine marplatense, que se le entregaría en una cena en dicho hotel. Como no le habían reservado una invitación para él, probó conseguir entrar de muchas maneras. La que dio resultado fue presentarse ante el dueño del Hermitage como un empresario venezolano que buscaba inversiones. Así consiguió no solo entrada a la fiesta, sino el dato del precio en que se vendía el hotel. Como le pareció una oportunidad, juntó capitales propios y de gente que conocía. Y finalmente lo compró.

“Si a esa chica no le hubieran dado solo una invitación, no habría dado ese paso”, dice Parisier, y luego de referenciar su carrera empresarial entera, comenta que en su sociedad política con Julio Ramos en los 80 coincidieron en su intención de “imponer la actuación del empresario independiente en los destinos del país”, un mensaje que cree coincidente con la temática de la entrevista, en su certeza compartida de “la necesidad de que el empresario le dedique tiempo a ayudar al Gobierno a que el país crezca y se desarrolle”.

¿El empresario debe aportar su saber participando activamente de la política?

Creo que sí. Tenemos empresarios que son ejemplares, con compañías que crecen diariamente, porque ellos son muy capaces y tienen una mirada muy lejana a la de muchos otros empresarios. Hay mucha gente a la que se puede recurrir para tener una mirada constructiva, porque lo único que quieren es que el país ande bien, además el ideal del empresario es tener un pueblo con buen poder adquisitivo. Si el empleado no gana bien, no puede consumir, no tenemos mercado y la cosa no sirve. La preocupación social del empresario es real. Si no, no es empresario.

Esta época habla mucho de la sensibilidad ecológica necesaria en el empresariado…

El desarrollo técnico que vive la humanidad es muy grande. Y trae consecuencias en algunos casos que todavía no tienen solución. La contaminación que se produce en el mundo es muy grave y no está resuelta. La fundación que preside mi mujer tiene cinco casos de chicos enfermos en un mismo edificio que cuenta con una antena transmisora de comunicación. ¿Qué hay que privilegiar, la comunicación o la vida de los chicos? Cada uno elige. Yo tengo mi respuesta. Vivimos en un país donde nos sobran alimentos teniendo gente en zonas que no tienen agua. Hemos vivido 30 años de democracia y

tendríamos que tener ya un país más feliz.

¿Qué le dice entonces, pregunto nuevamente, el término “responsabilidad social empresarial”?

Es el principio por el que tiene que empezar cualquier empresa. Sin ese concepto, no deberían existir empresarios, porque necesita de la mano de obra, se tiene que preocupar por ella. Si no lo hace, no va a tener empresa.

¿Y qué opina de las acciones de las empresas de dedicarle una porción específica de ganancias a tareas solidarias?

Es un paso fundamental que se dio en los últimos años. En países del primer mundo algunos donan el 90% de sus ingresos. La preocupación por el resto de la gente con la que convivimos es esencial. La gente no hace bien su trabajo si siente que está mal paga o que no se preocupan por ella.

¿Cree que la mayor responsabilidad social del empresario está más en el cuidado de sus propios empleados que en tareas sociales externas?

Hay empresarios que necesitan auxilio de ONG para que puedan hacer el trabajo solidario. Pero ojo, que sean organizaciones con responsabilidad. Hay empresas que lo pueden realizar si le dedican áreas con gente de capacidad, en forma personal, sin recurrir a ONG que hagan ese trabajo. Yo exigiría que se cumpla el aporte empresarial a la colaboración solidaria, el medio es indistinto. Pero también le tengo que exigir al Estado el cumplimiento de sus funciones. La fundación del Hospital Fernández, a la que conozco por el trabajo de mi mujer, se ocupa de asistir a la reposición de equipos necesarios para el hospital, pero es una función del Estado que no se está cumpliendo. Si el Estado tiene un hospital, no necesita de alguien que lo vaya a ayudar, debe ser de última generación. Pero vivimos un Estado que si no tiene la colaboración del trabajo personal, no cumple. Y no hablo de este Gobierno, sino de todos. Soy un convencido de que la Argentina tiene mano de obra muy capacitada, empresarios con valor, ambos adolecen una presión injusta que se origina en el Estado, no en los Gobiernos. El objetivo del Estado no debe ser asistencial, contratar a tres o cuatro millones de personas para darles un sueldo. Yo quiero un Gobierno que se abastezca, que haga el asistencialismo que necesite mi país para que la gente sea feliz, pero que solo administre, que sea un Estado promotor, no productor, esa es la definición en la que creo.

¿Se siente un hombre práctico?

Yo tuve dos cosas, suerte y éxito. Sin suerte es muy difícil transitar la vida. 

Pero solo con suerte no alcanza…

No. La suerte te pone en el lugar adecuado. Pero tenés que saber aprovecharlo.

¿En ese “aprovecharlo”, mira el entorno, no solo sus intereses particulares?

En algunas de mis empresas exitosas, los que conquistaban a la gente, a los clientes, eran los empleados, no era yo, porque estaban contentos. Si hubiese tenido gente disconforme y triste, no habría tenido éxito. Qué más lindo que caminar por tu empresa y que la gente te reconozca. Es estar en tu mundo y que te quieran, en lugar de que te odien.

¿Su familia ha sido una construcción exitosa para usted?

Sí, creo que fue el mayor de mis éxitos. Estoy orgulloso de la dedicación solidaria que hace mi mujer, maravillado con el desarrollo de mis hijos. El mayor, a los 28 años, tiene una empresa (Bigbox) que ya transita por Uruguay, Argentina, Chile y Perú. El de 25 es un ingeniero que trabaja con mucho éxito desde muy temprano en la industria petrolera. Y mi hija, de 25 también, es arquitecta y ganó en FOA hace meses la mención de Arquitectura y Diseño.

¿Qué valores les transmitió a sus hijos?

Mi mujer los ha asistido diariamente desde bebés. Les di la posibilidad de ir a buenos centros de estudio. Estoy contento con lo que hice, pero ellos me han superado con creces. Confío en ellos, son muy capaces y harán un aporte valioso a nuestro país.

¿Ha sido entonces una acción social y responsable en su vida?

Claro, es muy satisfactorio el darle a la patria gente que pueda aportar a su crecimiento.

 

Industrias, país y crecimiento

¿Cómo ha sido su relación con los empleados de sus empresas?

Tengo una historia. En el año 64, en una industria que dirigía, los empleados me eligieron delegado del personal. La alegría del trabajador es fundamental para el crecimiento de una empresa. Ahora, ¿por qué en nuestro país se ha desarrollado la industria del despido? Creo que tiene que ver con normas legales equivocadas o mal hechas. En países que crecen y se desarrollan aceleradamente no hay quejas laborales. En el llamado “primer mundo”, un empresario que trata mal a un obrero y lo despide no tiene más obreros. Pero un obrero que no cumple su trabajo y es despedido tampoco tiene más trabajo. Las leyes laborales hoy son una industria encabezada por profesionales que ganan mucho. Eso hace mal al empresario. Y una empresa que tiene un costo laboral grande por despidos, lo traslada al precio, y lo termina pagando la gente al comprar los productos. No hay misterio. Es normal que el hombre que trabaja lo haga para ganar, en el nivel que su educación se lo permita. Y el país crece cuando crecen sus industrias.

 

* Entrevista publicada en la edición 24 de PRESENTE (mayo/junio).

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