El viaje sin descanso de Jane Goodall

1 julio, 2012
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La reconocida antropóloga pasó por la Argentina para difundir  las actividades de su organización. Habló de sus experiencias en África, del medio ambiente y del papel de las empresas, los gobiernos y los consumidores.

One, two, three, chimpanzee…”, dice Jane Goodall en voz muy baja cuando la cámara dispara en un hotel del centro. No parece que hace apenas una hora bajó de un avión que la trajo desde Brasil, donde asistió a Río+20. Ni que solo durante el último mes estuvo en cinco países. A los 77, Goodall viaja 300 días al año, pero ni el buen humor ni la mirada tranquila que la caracterizan se ven afectados por su ajetreado ritmo de vida.

En esta oportunidad, la antropóloga británica llegó a Buenos Aires para participar en una cena destinada a recaudar fondos para su organización, el Instituto Jane Goodall (JGI, por sus siglas en inglés), y de promover el programa educativo Roots & Shoots (R&S), que ya lleva más de dos años en nuestro país.

Desde 1994, el JGI protege a los chimpancés del Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, y con esto en mente, también se ocupa de las necesidades de las comunidades vecinas por medio de programas de desarrollo sustentable. Otra de las tareas que desarrolla la organización es la formación de jóvenes de todo el mundo para la protección de los animales y el medio ambiente.

En su primera visita a la Argentina, Goodall fundó el programa ChimpanZoo, con el fin de trabajar en el bienestar de los animales en cautiverio y contribuir a la educación en los zoológicos. Este proyecto logró la resocialización de Pancho, un chimpancé del Zoo de Buenos Aires, y de otro del Zoológico Metropolitano de Chile. Según el equipo de trabajo, la idea es devolver un poco del amor que estos animales le dieron a Goodall a lo largo de toda su vida.

Otro de los programas del JGI es Elefantes en la Argentina, que intenta mejorar las condiciones de manejo de los animales que están cautivos en nuestro país, generar herramientas para optimizar sus condiciones de vida y ayudar a la conservación de la especie.

Y la semilla de esta investigadora en la Argentina se sigue esparciendo. El programa Roots & Shoots, que comenzó su trabajo en 1991 en Tanzania, desembarcó acá luego de la primera visita de la antropóloga, en 2009, y sigue creciendo.

Jane Goodall, la mujer que logró avances sin precedentes en la investigación de los chimpancés. Jane Goodall, quien ha sido distinguida más de 20 veces como doctor honoris causa por universidades e instituciones de todo el mundo. Jane Goodall, la que fue nombrada Mensajera de la Paz por las Naciones Unidas en 2002.

Jane Goodall es una persona muy ocupada y no reniega de eso. Uno pensaría que, teniendo una trayectoria como la suya y a su edad, podría tomarse un merecido descanso. Pero la activista jamás pensó en renunciar ni en dedicarse a otra cosa.

“Definitivamente no. De todos modos soy demasiado vieja como para empezar a hacer otra cosa. ¿Qué podría hacer? ¿Ir y sentarme en la playa?”, manifestó. Se rió de la pregunta.

Tarzán y Jane

La fascinación de Valerie Jane Morris Goodall por los animales se remonta a su primera infancia. Asegura que decidió ir a África cuando leyó por primera vez un libro de Tarzán y se enamoró de él. Todavía lo conserva en su casa de Bournemouth, Inglaterra.

Uno de sus primeros recuerdos es el de un día que se escondió en el gallinero de su casa para ver cómo una gallina ponía un huevo. Salió cinco horas después y descubrió que toda su familia la había estado buscando, y hasta habían llamado a la policía.

Su amor por los animales era tal que ya de chica había decidido que cuando creciera iría a algún lugar salvaje. Si no era África sería América del Sur o las tierras inexploradas de Canadá. ¿Pero cómo llega una niña inglesa a la jungla africana?

A los 22, cuando trabajaba de asistente en un estudio de filmación en Londres, una amiga la invitó a la granja de su familia en Kenya. Con el apoyo de su madre, Goodall no dudó en tomar un trabajo de camarera que le permitiría ahorrar para viajar al África.

Con nada más que un largavista y una libreta, luego de un viaje de tres semanas, la joven británica llegó a Mombasa. Ahí conoció al famoso arqueólogo y paleontólogo Louis B. Leakey, quien la contrató, primero, como asistente en el Museo Coryndon. Leakey había estado proyectando ir a Tanzania a estudiar a los chimpancés salvajes, y, habiendo reconocido la paciencia y la pasión de Goodall por su trabajo, le asignó un grupo de estudio para observarlos en la orilla del lago Tanganyika, en lo que hoy es Tanzania. Su madre la acompañó por consejo de las autoridades británicas, que no querían que una joven estuviera sola en la jungla. Jane debía de estar aterrada.

“¡Fue maravilloso!”, rebatió Goodall recordando sus primeras épocas. “Fue mi sueño hecho realidad. Me sentía totalmente en casa”, aseguró. “La peor parte fueron los primeros seis meses, cuando los chimpancés se escapaban de mí”, relató. El proyecto tenía fondos para medio año solamente, y la antropóloga temía no poder continuar.

“Entonces, por suerte vi al chimpancé –que luego llamé David Greybeard– usando herramientas, y eso fue todo”, explicó. Goodall describió el momento en que vio al primate sacándole las hojas a un palito, y usarlo después para sacar a unas termitas de su nido. Hasta su descubrimiento, se creía que solamente los humanos usaban herramientas. También reveló que los chimpancés comían chanchos salvajes y otros animales pequeños. Antes se pensaba que eran vegetarianos.

Los fondos para continuar la investigación no tardaron en llegar. Más tarde, Leakey anotó a Goodall en la Universidad de Cambridge como estudiante de doctorado. Jane era hija de padres separados, y su madre no había podido costear sus estudios cuando era más joven.

Los patrocinó National Geographic. Los escritos de Goodall salían publicados con fotos de quien luego sería su primer esposo, Hugo van Lawick. Con él construyeron un campamento permanente en Gombe y contrataron a más investigadores, formando el Centro de Investigación Gombe Stream. Después de su divorcio de van Lawick, Goodall tuvo un matrimonio de cinco años con el Jefe del Parque Nacional de Tanzania, Derek Bryceson, que duró hasta que él murió de cáncer, en 1980.

Jane veía a los chimpancés como individuos con personalidades, emociones y mentes diferentes. E inclusive les daba nombres en lugar de números, que era la costumbre de la época. Una tarde de 1986, en una conferencia en Chicago en la que presentó su libro Los chimpancés de Gombe: pautas de comportamiento, la investigadora se transformó en activista.

“Vi imágenes de bosques que estaban desapareciendo en toda África, chimpancés capturados en trampas, filmaciones secretas de laboratorios donde los tenían en jaulas de metro y medio por metro y medio. Antes de ir a esa conferencia planeaba continuar con mi encantadora vida en la jungla, investigando, escribiendo libros y enseñando. Y desde entonces, no estuve más de tres semanas en un lugar”.

Así fue que, mientras el Centro de Investigación Gombe Stream siguió documentando el comportamiento, la ecología, el desarrollo infantil y la agresión de los chimpancés y otras especies de primates, Jane se dedicó a escribir varios libros, dar conferencias a estudiantes, reunirse con representantes de Gobiernos y empresarios, hacer entrevistas y recaudar fondos para el JGI.

Los chicos cambian a sus padres

“La mayoría de los Gobiernos fracasan tristemente en conservar sus recursos naturales. A algunos les va mejor que a otros”, sentenció Goodall. “El medio ambiente está cada vez más degradado: las reservas de agua se están achicando; la agroindustria exige el uso continuo de químicos, que se rocían sobre nuestra comida; la deforestación avanza a un ritmo horroroso con el fin de tener más agricultura, minería o empresas petroleras”, continuó.

“La mayoría de las empresas avanzan sin preocuparse por los recursos naturales. Solamente pensando en conseguir más y más para hacer más y más dinero para hoy, sin pensar en el futuro”, dijo. Pero rápidamente agregó que se siente alentada por algunos avances, como el acuerdo logrado en Río+20 firmado por los Estados Unidos y el Consumer
Goods Forum, formado por más de 400 empresas y marcas para alcanzar el objetivo de cero deforestación en sus cadenas de abastecimiento.

“Algunas solo están haciendo greenwashing (es decir, intentando mejorar la imagen de la empresa). Algunas lo hacen porque sus clientes lo piden. Y otras lo hacen porque al CEO realmente le importa. Es muy alentador para mí hablar con el CEO de Unilever y ver lo apasionado que es cuando habla de lo importante que es detener el agotamiento de los recursos naturales”, contó.

Goodall también considera una buena noticia que las empresas chicas hayan probado que se puede tener éxito aplicando métodos y procesos que respetan el ambiente. “Tenemos las herramientas, tenemos la tecnología, pero no tenemos la voluntad. Sabemos que no hay voluntad política en la mayoría de los países. Y es por eso que trabajo con los jóvenes”, explicó.

R&S es un programa global, medioambiental y humanitario del JGI, que está presente en 130 países y trabaja con niños desde preescolar hasta jóvenes universitarios para fomentar el cuidado del medio ambiente y la acción en beneficio de su comunidad y del mundo.

R&S promueve hábitats sustentables, la creación de ecosistemas sanos y la formación de nuevas generaciones de ciudadanos activos y comprometidos. Los grupos dan charlas sobre reciclaje y disposición de residuos, tienen huertas orgánicas, arman propuestas para el uso de energías alternativas, difunden información sobre especies amenazadas y siembran plantas autóctonas, entre muchas otras actividades. Hay 20 grupos en las ciudades de Buenos Aires, Córdoba, Baradero y San Pedro, provincia de Buenos Aires.

“Los chicos están cambiando a sus padres. Algunos de ellos son miembros de R&S, están en el mundo adulto y entienden que, si bien necesitan dinero, no deben vivir para él. Cuando consigamos una masa crítica que piense así… Es por eso que ando corriendo por el mundo de este modo estúpido”, enfatizó Goodall.

La investigadora reconoce que el peligro más grande para el futuro de la humanidad es la apatía. Pero que podemos superarla con la esperanza, basada en los logros del intelecto humano y la capacidad de la naturaleza para recuperarse por sí sola cuando el hombre deja de dañarla.

Dice que la mayoría de la gente sabe que estamos destruyendo el planeta y siente que no puede hacer nada al respecto. Entonces no hace nada. Pero en R&S se les enseña a los chicos que sus acciones están acompañadas por las acciones de chicos en otras partes del mundo y que es un esfuerzo conjunto que se propagará y logrará un cambio.

“Y, con suerte, sus padres empezarán a votar de otra manera”, siguió Goodall, quien asegura que en lugar de culpar a los políticos y a las empresas, deberíamos evaluar nuestro papel como consumidores y votantes. “La gente tiene una gran influencia. Y sé que habiendo una crisis económica, el cambio es más difícil, pero ¿nos importa o no el futuro de nuestros hijos?”, se preguntó.

Argentina: puntaje bajo

El tiempo de la entrevista es cortísimo y se está acabando. Tenemos tantos temas para hablar todavía… Pero Goodall tiene una fila de periodistas esperando para entrevistarla. La semana siguiente partirá a Tanzania, donde verá a su hijo y a sus tres nietos. Después tendrá la oportunidad de volver a la casa donde creció y que comparte con su hermana, en Inglaterra, el único lugar donde puede escribir y donde la esperan sus libros, Jubilee (el mono de juguete que le regaló su padre cuando tenía un año) y sus otras pertenencias.

La antropóloga y activista estuvo tres veces en la Argentina y nos dejó su experiencia en forma de charlas y grupos de trabajo. Durante esos viajes y mediante el contacto con otras organizaciones y especialistas en temas de ambiente, pudo formarse una opinión sobre cómo los argentinos cuidamos nuestros recursos.

“No estuve mucho tiempo acá, pero por lo que escucho, no les daría un puntaje muy alto. Sé que están haciendo represas en los ríos, que están cortando árboles para hacer minería. Creo que los dos cultivos genéticamente modificados más grandes del mundo están en la Argentina y que hacen ganadería intensiva. Definitivamente, es momento de cambiar”, sentenció.

 

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